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Viernes, 20 de Abril de 2012
Tormenta de Acero, cronología de una tragedia anunciada
Escrito por Marcelo G. Higa   

Si hacia 1944 Okinawa se encontraba en la retaguardia de la contienda, a principios de 1945 se había convertido en la primera línea defensiva de lo que, se creía, iba a ser el ataque definitivo a las islas japonesas.

La euforia del “vamos ganando” desatada por el bombardeo de Pearl Harbour (12-1941) había durado poco. La expansión se desaceleró después del fracaso naval de las Midway (5-1942), para tornarse definitivamente adversa a partir de la contraofensiva aliada iniciada en Guadalcanal (2-1943). Desde Attu (5-1943), en las Aleutianas, hasta Nueva Guinea (1944), las posiciones japonesa en el frente del Pacífico fueron cayendo una a una. Con la batalla de Saipán (7-1944), las fuerzas estadounidenses conquistaron una posición desde donde los bombarderos B-29 acosarían al territorio nippón. El cerco se había roto.
A principios de 1944, Okinawa, hasta ese momento un rincón relegado del imperio, ingresó en el mapa estratégico japonés. En esa instancia, con la batalla naval en franca desventaja, la fuerza aérea se presentaba como el último recurso para revertir el curso de la guerra. De ahí que el Estado Mayor General Conjunto de Tokio dispusiera la construcción precipitada de aeródromos en puntos estratégicos del arco de las Ryukyu, asignando para su custodia al XXXII Ejercito.

En este contexto, el estado de “movilización total” (soryokusen) alcanzó su máxima expresión. Ya desde 1938 la ley japonesa (Kokka sodoin-ho) preveía el uso prioritario de todos los recursos materiales y humanos para la empresa bélica. En el caso de Okinawa, la normativa tuvo su correlato en la intensificación del proceso de “imperialización” (komin-ka) de sus habitantes, cuya naturaleza esquiva siempre había sido vista con recelo por los administradores japoneses. Desde el idioma hasta los hábitos y costumbres, la particularidades isleñas, que desde la anexión de las Ryukyu al estado Meiji habían sido consideradas un problema en la órbita de la reforma cultural, se convirtieron en cuestiones definitivas que ponían a prueba la lealtad de los súbditos okinawenses. En tiempos de guerra nadie podía resistirse a la japonización sin el riesgo de ser considerado un vendepatria.
La participación local comprendía desde la provisión de trabajadores para la construcción de las instalaciones defensivas hasta la formación de milicias paramilitares. Los varones de entre 17 y 45 años no afectados por la conscripción, fueron alistados en los Boei-tai (escuadrones de autodefensa); los estudiantes y adolescentes, en los Tekketsukinno-tai (“Escuadrones de Leales Imperiales ‘Sangre y Acero’”); y las chicas del secundario, fueron improvisadas como enfermeras en los Himeyuri gakuto-tai (“Escuadrones de estudiantes Himeyuri”). Esta generación, no sólo sufriría en carne propia los efectos más recalcitrantes de la educación asimilacionista-militarista.  En muchísimos casos, también moriría por ella.
Hacia julio de 1944, el clima de guerra se acentuó con las directivas para la evacuación de los ancianos, mujeres y niños a la isla de Kyushu. La medida, sin embargo, fue encarada con poco entusiasmo. Las autoridades debían desalojar a la población civil de las probables zonas de combate, pero el ejercito dependía de ella para ultimar los preparativos de la defensa. A esto se agregaba la amenaza de los ataques en la ruta hasta Kyushu. Las aguas del sur de Japón ya estaban surcadas por submarinos aliados que torpedeaban todo lo que se les aparecía en la mira. El 22 de agosto de 1944, el Tsushima Maru, un barco que transportaba refugiados, fue hundido en la costa de Kagoshima. Murieron 1647 pasajeros, la mayoría civiles, entre ellos 767 chicos. La evacuación parecía ser tanto más peligrosa que la permanencia, más allá de las convenciones internacionales.
A comienzos del otoño, el aire terminó de enrarecerse.  El 10 de octubre de 1944, un total de 1500 vuelos bombarderos descargaron sobre Naha toneladas de explosivos. En un anticipo de lo que serían los grandes bombardeos sobre Tokio, Osaka, Kobe, Nagoya y otras ciudades japonesas, del día a la noche la capital de la prefectura quedó completamente destruida. El frente de batalla ya había dejado de ser una mera posibilidad.
Ante la inminencia de la invasión, las fuerzas al mando del general Ushijima Mitsuru se encontraron ante una encrucijada. El asunto era: enfrentar al enemigo en el punto de desembarco, o replegarse en una defensiva táctica para desgastarlo lo máximo posible. En términos futboleros (aunque se jugaba con fuego y no era un juego), algo así como salir a buscar el partido bien adelante, o abroquelarse cerca del arco propio y esperar el milagro. La primera era una apuesta arriesgada, porque podía definir la contienda en poco tiempo. La segunda, mezquina y agotadora, aumentaba las posiblidades de resistencia en inferioridad de condiciones, y también, previsiblemente, los costos humanos.
El mito de inexpugnabilidad del territorio imperial, nunca antes subyugado por las hordas extranjeras, servía como sostén moral del aguante. No sería la primera vez en la historia japonesa que un “viento divino” (kamikaze) arreciara para diezmar a los enemigos. El planteo finalmente adoptado fue, en consecuencia, un catenaccio, tan rústico como trágico. El objetivo secreto, en realidad, no era ni remotamente ganar, sino demorar todo el tiempo posible lo que se preveía que sería el ataque final a Hondo, el territorio japonés propiamente dicho. Aunque en la partida se comprometiera la vida de miles de civiles okinawenses.
Por eso es que cuando los soldados nortemericanos a las 08:30 del 1 de abril de 1945 iniciaron el desembarco sobre la costa oeste de la isla, se encontraron apenas con la débil resistencia de un pelotón rezagado que fue sometido sin mayores contratiempos. La Operación Iceberg había comenzado.
Los aliados congregaron para esta batalla una fuerza de 183.000 soldados (en total 550.000, si se suma el personal de apoyo), transportados en 1500 embarcaciones, desde portaaviones hasta lanchas de desembarco. Una movilización superior a la del famoso desembarco en Normandía. Antes del anochecer, había en las playas de Yomitan, Kadena y Chatan cerca de 60 mil soldados.
La ocupación del centro-norte de Okinawa se logró en forma rápida, casi sin enfrentamientos. El 13 de abril la infantería de marina ya había llegado a Hedo-misaki, en el extremo norte de la isla. Salvo unos pocos focos guerrilleros en la península de Motobu, la defensa organizada había sido controlada. 
El avance hacia el sur, sin embargo, probó ser mucho más ríspido. Parapetados en una triple línea defensiva en torno a Shuri (la antigua capítal en donde se encontraba el Cuartel General), los cerca de 110.000 efectivos japoneses se preparaban para lo que terminaría siendo una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial.
El 6 de abril, los aliados se toparon con la primera línea de la defensa. Las fuerzas japonesas se había posicionado en una franja este-oeste, a la altura de los pueblos de Ohjana, Kakazu, Ganeko, Uehara y Wauke (en la zona sur de Ginowan y Nakagusuku). De allí en adelante, la lucha por el territorio se libró metro a metro.
La cadena de pequeñas montañas que atraviesa la isla funcionaba como parapeto natural de la defensa. Los estadounidenses debían superar la línea de fuego cuesta arriba, para encontrarse, una vez en la cima, otra vez a tiro de los japoneses que se replegaban detrás de la siguiente colina. El dispositivo de la defensa se complementaba con una intrincada red subterránea de refugios e instalaciones, desde donde los soldados lanzaban sus esporádicos “ataques banzai” a las posiciones enemigas.
En términos de tropas y volúmen de fuego, la defensa se encontraban en desventaja. Pero al igual que en nuestro pasado, las consignas exageradas estaban a la orden del día. La bravuconada del “5x1” se incrementaba a “10x1”, o a sus equivalentes en ecuaciones tan disparatadas como “un hombre+una mina=un tanque”, “un avión=un acorazado”, etcétera. La fórmula madre era ichioku gyokusai (“100 millones de ‘piedras preciosas estallando’”), de modo que cualquier cálculo era posible mientras condujera a la inmolación. En última instancia, los soldados-proyectiles se estrellaban contra el enemigo, apenas envalentonados por el antiguo saludo festivo ¡Tenno-heika banzai! (“Diez mil años para Su Majestad el Emperador”), esa suerte de “muero contento” que los cabrales nippones exhalaban como último grito en su paso a la gloria.
La “guerra de desgaste” diseñada por los estrategas japoneses, si a un costo humano superlativo, infligió importantes daños al enemigo. Los aliados tardaron casi dos semanas en vencer la primera línea de la defensa. Las tropas japonesas recién cedieron hacia el 19 de abril, cuando los norteamericanos lograron superar las posiciones de Makiminato-Iso, en la zona costera de Urasoe.
En la segunda línea de combate, a la altura de las aldeas de Gusukuma, Maeda (en la zona de Urasoe), Kochi y Kohatsu (en Nishihara), la lucha continuó con la misma intensidad de las semanas anteriores. Los aliados atacaban sin dar respiro y los japoneses cerraban su defensa como podían. Pese a la brutalidad de los enfrentamientos, los movimientos de las tropas se registraban por metros.
El frágil impasse terminó de romperse a principios de junio, cuando los japoneses decidieron mandar todo al frente. Tras un encarnizado esfuerzo, recuperaron un poco de terreno. Pero sin resto físico para sostener el avance ni apoyo logístico eficiente, la contraofensiva terminó siendo un fiasco. Las bajas sufridas en el intento descompensaron drásticamente el esquema defensivo. A partir de entonces, todo fue retroceso.
Las peculiaridades de la defensa japonesa probaron ser letales cuando las posiciones empezaron a desmoronarse bajo el avance enemigo. Los túneles y cuevas, eficaces para resistir los ataques de artillería, una vez controlados desde la superficie se convertían en verdaderos hornos. A los estadounidenses les bastaba con bloquear las salidas, inundar de nafta el interior y lanzar una granada para crear un infierno. Los japoneses llamaron a este tipo de ataque “uma-nori kogeki”, una expresión asociada a la situación de montarse (uma-nori) sobre un tipo caído en el suelo y destrozarlo a piñas. En este caso, inexorablemente, las piñas eran mucho más que golpes de puño.
Pero el daño causado por los japoneses tampoco fue poco. Al punto tal que los altos mandos y la prensa aliada empezaron a dudar de la capacidad del general Simon Bolivar Buckner para llevar a cabo con éxito la operación. El combate en tierra se tornaba cada día más engorroso y la caída definitiva del comando japonés se había convertido en una quimera. Igualmente mortificante era el padecimiento de la descomunal escuadra anclada en la costa de Okinawa. A falta de un armamento más eficaz, los pilotos de los tokko-tai se lanzaban con sus aviones sobre las embarcaciones, en el desesperado intento por diezmar la flota enemiga. Algo que no lograron, pero en cuyo intento fueron lo suficientemente impresionantes como para legar el término “kamikaze” al vocabulario universal de la irracionalidad autodestructiva.
Hacia el 10 de mayo, la defensa del segundo cerco había sido doblegada. En esa instancia, hostigado él mismo por las bajas en su personal, Buckner intentó negociar la finalización de la contienda. En una de esas correspondencias insólitas que solo entienden los profesionales de la guerra, el militar estadounidense le escribió a su par japonés una carta personal, en donde elogiaba las tácticas y la garra de la defensa, con el fin de ofrecerle una “rendición honorable”. Algo que por supuesto (y lamentablemente) Ushijima rechazó.
Sobrepasada la segunda línea de defensa, el bunker japonés se encontraban a un paso. Las colinas de Asato (“Sugar Loaf”), Ishimine y Untamamui (“Conical Hill”) eran los últimos obstáculos para el ingreso en Shuri. Pero estos cientos de metros restantes fueron tanto más escarpados que los atravezados hasta entonces. Durante otras dos semanas, ambos bandos se trenzaron en terribles combates cuerpo a cuerpo, en donde los avances del día se transformaban en retrocesos por la noche y viceversa, dejando en cada movimiento un tendal de muertos y heridos. En estos sitios los japoneses quemaron sus últimos cartuchos.
Con el inicio de la temporada de lluvias, a mediados de mayo, el campo de batalla terminó de convertirse en una porquería. Esta situación, paradójicamente, resultó un alivio para los contendientes.  Con los tanques empantanados y la psiquis agotada, las fuerzas aliadas se vieron obligadas a disminuir la intensidad del ataque. En ese mínimo respiro, la comandancia de Shuri comenzó a planificar el repliegue.
Asediado por el norte, el este y el oeste, el 27 de mayo el ejercito japonés inició la retirada hacia la península de Kyan (en las inmediaciones de Itoman). A esa altura, más que un enfrentamiento, la guerra ya se había convirtido en una cacería.
La región de Shimajiri, en el sur de la isla, se encontraba repleta de refugiados que habían buscado protección detrás de las líneas del ejercito. En el cambalache de la huída final, soldados y civiles se mezclaron compartiendo suerte y desgracia, pero muchas veces terminaron disputando un mínimo espacio en las cuevas (gama), las amplias bóvedas familiares (kameko-baka) devenidas en refugios, o cualquier estructura, muro, pared que sirviera de precaria protección contra la incesante balacera enemiga.  En esos casos, pocas dudas caben acerca de quiénes se quedaron con la suya.
Del otro lado, después de casi tres meses de suplicio, a los soldados norteamericanos no les sobraba paciencia. Cuando encontraban una gama o un refugio subterráneo (y había muchos), el desalojo era prioritario para continuar con el avance. Si los traductores andaban cerca (una labor en la que se destacaron muchos descendientes de inmigrantes, incluso okinawenses) y las situación estaba controlada, intentaban convencer a los ocupantes para que se rindieran. Pero si no estaban disponibles, se percibía una mínima amenaza o simplemente la negociación se prolongaba demasiado, el procedimiento era expeditivo. Nafta, granada, explosión.  Así de rotundo, el suplicio “uma-nori”.
A mediados de junio, ya sin mas terreno para retroceder, en la península de Kyan soldados y refugiados se fueron apretando al borde de los acantilados. El final estaba, fatal, irónica, trágica, absurdamente, al caer.
Acorralado y sin posiblidades de respuesta, en la madrugada del 23 de junio, en Mabuni, el comandante Ushijima se suicidó. No sin antes dejar una última directiva criminal. Su última orden fue: “resistir hasta el final”. Esa sería, la disparadora del último capítulo de esta tragedia cuyo resultado final ya era conocido desde antes de iniciada la contienda.
Es probable que al general japonés le hubiese sido imposible sobrevivir a la derrota. Pero su último acto, lejos de representar un deselance heróico, no hace más que poner en evidencia la estructura perversa del credo militarista. Los jefes no son mejores por morir. Mucho menos cuando cargan con la irresponsabilidad de mandar al muere al resto de sus subordinados y, sobre todo, a la población civil.
Con el camino de la rendición vedado, sin comandos ni objetivos, las tropas se dispersaron a su suerte, en busca del lugar y momento para su propia muerte.
Lo peor fue que en su locura los militares arrastraron con ellos a los miles de refugiados que se amontonaban dentro de las cavernas. Algunos soldados, convertidos en dueños y señores de los refugios, no dudaron en someter a su antojo a la población inerme. En ese escenario tenebroso, en los últimos días de la contienda, se sucedieron dramas tanto más crueles que los de la misma batalla. Un bebé llorando de hambre se convertía en un dispositivo de delación. Un rumor en uchinaaguchi (el idioma local ininteligible para los japoneses prohibido expresamente por orden militar) ocultaba la trama de un complot. O ni siquiera. La falta de espacio, la falta de comida, la simple desidia, eran motivos suficientes para desalojar a los ocupantes de una cueva o impedir la entrada de nuevos refugiados, abandonándolos a la intemperie, expuestos a los indiscriminados proyectiles norteamericanos.
Finalmente, a la hora de morir, antes que entregarse vivos, los “suicidios en masa” se multiplicaron. Una granada por grupo. Si no, cortarse. Estrangularse. Saltar al vacío desde los acantilados para despedazarse contra las rocas. Morir por morir, todos gritando “banzai”. Inmolaciones voluntarias, si cabe la expresión; suicidios inducidos, en gran medida; o, directa, lisa y llanamente, asesinatos en masa. En cualquier caso, muertes todas evitables, injustificadas, más allá de las convicciones y circunstancias.
Cualquier relato de una desmesura como la guerra es inevitablemente incompleto. Mucho más, uno apresurado como éste. Al leer las crónicas, escuchar los testimonios, ver los restos, ingresar en los escenarios de las tragedias, uno encuentra insensatez, horror, pavor, desolación; y mientras más se inmiscuye, mayor la espesura tanática. No hay fórmula que alcance para la racionalización, la empatía, la justificación, ni el alivio. Todo peor.
Coincidencias de la historia, la guerra de las Malvinas ocurrió para los mismos meses, de abril a junio. Islas. Causas. Derechos. Agravios. Honores. Patrias. El número de las víctimas en Okinawa, se centuplica, varias veces. No se trata, sin embargo, de un asunto estadístico. Guerra es guerra, siempre. Como Juan López y John Ward, o Kama Higa.