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Jueves, 05 de Abril de 2012
Uuji no shita de: debajo del cañaveral (I parte)
Escrito por Marcelo G. Higa   

Letra “G”. Al principio, esta nota iba a titularse “Guerra”. Sin embargo, repasar el tema sin quedar sepultados por la desmesura es una tarea que excede. Pensar Okinawa, de todos modos, sin pasar por la guerra, es imposible. Entonces, un ingreso menos frontal, aunque no menos escabroso: Gama, un lugar que nos habla del miedo, la angustia, la infamia, los deseos, la traición, la muerte y la vida. Un punto de vista para pensar esos tres meses inabarcables, irreproducibles e imborrables.

Por detrás de los circuitos turísticos y/o pedagógicos, persisten en el paisaje de Okinawa cientos de agujeros incómodos, bóvedas tenebrosas que ni el paso del tiempo, ni la prosperidad de los presupuestos extraordinarios consiguen maquillar por completo. Se trata de cuevas, gama, en donde a finales de la Segunda Guerra Mundial miles de okinawenses encontraron su refugio, o calvario.
En esos lugares no son necesarias las infografías, ni los dioramas, ni los recorridos señalizados. Las marcas negras de hollín que el napalm y las ráfagas de fósforo dejaron impregnadas sobre la roca coralina hablan por sí mismas del infierno allí vivido. Esas cavernas, a mitad de camino entre la naturaleza y los designios humanos, parecen resistirse a cualquier intento de domesticación, volviendo una y otra vez al silencio ensordecedor de lo inaprehensible. Evidencia irrefutable de la memoria presente y sus fantasmas, son los lugares en donde los acontecimientos se perpetúan para resignificarse ante cada nueva mirada.

En el pueblo, las historias eran conocidas. Pero recién hace unos años se empezaron a hacer públicos los testimonios de los sobrevivientes. Durante décadas, el recuerdo había sido textualmente inenarrable. Muchos eran los vecinos que habían muerto. Mucho era el trauma y el sinsentido. Haber sobrevivido imponía la circunspección. “¿Para qué?”.
La mayoría prefirió cargar con la experiencia en la intimidad de sus conciencias. Y, cuando ya ancianos, algunos pudieron o aceptaron dejar registro de aquellos dolorosos momentos, revivieron la pesadilla con alivio y desvelo. Tal era la magnitud del horror. Tal es el cuidado que exige la complejidad de las sensaciones que se desprenden de aquellos días de locura y muerte.
Cuando a fines de marzo de 1945 las fuerzas aliadas iniciaron el bombardeo masivo sobre Okinawa, el campo de batalla se presentaba como un promiscuo entramado de civiles y militares. En la zona donde se produjo el desembarco norteamericano, hasta pocos días antes, la presencia militar japonesa había sido importante. Allí se emplazaban dos de los aeródromos que el ejército japonés había empezado a construir a mediados de 1943, alertados por el progresivo avance de los aliados en el Pacífico.
El 1° de abril, sin embargo, en el lugar apenas quedaban unos pocos soldados, más testimoniales que efectivos. El grueso de las tropas se había replegado varios kilómetros al sur. La estrategia adoptada por la comandancia japonesa había sido aguantar la ofensiva norteamericana en las colinas de las inmediaciones de Shuri. Por eso es que, después de atormentar a cañonazos la zona, los aliados hicieron pie en la isla prácticamente sin necesidad de disparar un tiro.
Para entonces, los habitantes de los pueblos de las inmediaciones se amuchaban bajo la superficie.
En una cueva ubicada a poca distancia de la costa, 140 personas se preparaban para lo peor. En la entrada, armados con picas de bambú, se apostaron los pocos hombres de la milicia local. Apenas oyeron acercarse al enemigo, varios se lanzaron quién sabe contra qué, para toparse con una contundente balacera. Dos de ellos cayeron abatidos inmediatamente. El resto no insistió y regresó al refugio como pudo.
Apenas se escuchó el repiqueteo de los proyectiles, en el interior se desató el pánico. Muchas eran las historias que les habían contado sobre lo que hacía el enemigo con aquellos que caian en sus manos. Algunos, que habían regresado del continente, conocían de cerca el trato que los soldados japoneses daban a las poblaciones sometidas. Morir parecía ser el destino ineludible. Sólo restaba resolver cómo y cuándo.
En un acto de desesperación, alguien empezó a quemar los trapos y edredones que habían llevado hasta el refugio. Pero no todos estaban convencidos de que ese fuera el momento. Cuatro mujeres, con sus niños a cuestas, impidieron que el fuego se propagara. El final había quedado en suspenso.
A la mañana siguiente, el 2 de abril, los gritos de “¡Detekoi. Korosanai!” (“¡Salgan! ¡No los vamos a matar!”) dividieron al grupo. Hubo quienes amagaron a entregarse, pero fueron persuadidas para que no lo hicieran. La mayoría intuía que no era mucho el tiempo que quedaba.
Los norteamericanos venían con sus traductores y mandaban mensajes en japonés, acompañados por caramelos y chocolates de buena fe. Los más pequeños no entendían de guerra psicológica y se avalanzaron sobre los dulces. “¡No los comas! ¡Son veneno!”. La sospecha tenía algo de paradójico. Aceptar cualquier cosa que el enemigo era convertirte en uno de ellos, aunque fuera veneno. El imperativo era morir, pero no darles el gusto.
Fue entonces cuando de un botiquín salieron una jeringa y varias dosis letales. La gente empezó a hacer cola para recibir su muerte rápida. Pero, para suerte o desgracia, las inyecciones no alcanzaron para todos. Fueron los parientes y amistades del administrador quienes recibieron la mortífera prioridad.
La alternativa que quedaba, entonces, era alcanzar la muerte por asfixia, o cortándose con cualquier cosa hasta desangrarse. Estrangularse unos a otros. Matarse entre familiares o amigos. Matar al propio bebé, a la propia madre, abuela, y después matarse uno. Esos últimos actos de piedad, cuyos desenlaces se padecían en una lenta agonía o, lo peor, en la sobrevida.
En el trance, el pirómano del grupo reincidió. Y ya no hubo modo de apagar la hoguera. Cuando el humo empezó a llenar la cueva, todo se precipitó. El tránsito entre la vida y la muerte pasaba por una filosa disyuntiva que se dirimía en fracciones de segundos.
Muchos no pudieron, no se animaron o no quisieron matarse. “Si me tengo que morir, que me maten ellos”. En contra de todo eso que se les había inculcado y para lo que se habían preparado, corrieron, se arrastraron desesperados hacia la salida. En la oscuridad, por sobre los cadáveres, atravesando el humo, salieron a la superficie con la convicción de que un tiro acabaría con ellos.
Pero nada ocurrió. Los soldados norteamericanos fueron piadosos con los civiles okinawenses, al menos con los que atraparon vivos. ¿Sería verdad que no los matarían? ¿En qué momento les caería el garrotazo definitivo? La incertidumbre comenzó a disiparse cuando alguien cortó una cañas de un campo vecino y las trajo. Libre de toda sospecha, el dulce jugo familiar certificaba que, para ellos, al menos el infierno había quedado atrás. El peso del horror los acompañaría durante todas sus vidas, pero habían sobrevivido.
En el interior de esta caverna murieron 81 personas. La mitad tenía menos de 15 años. Para el militarismo, estas muertes se inscriben en lo que líricamente denominaron Gyokusai, o “piedras preciosas despedazadas”. La historiografía las registra como Shudan Jiketsu, “autoinmolación colectiva” (un neologismo que hace énfasis en la “autodeterminación” -Jiketsu-, aunque sin igualarlo al “suicidio” -Jisatsu-). Recientemente, la tendencia ha sido cuestionar el aspecto “voluntario” del acto, por lo que se prefiere el término “Shudan Shi”, o “muerte colectiva”. Denominaciones, todas, que muestran las complejidades de la memoria. Suicidios en masa, homicidios inducidos o meros asesinatos, la muerte de la población civil en las cuevas de Okinawa constituye unos de los capítulos más crueles y absurdos de la guerra.